jueves, 23 de octubre de 2014

El carnicero de Iguala/ SERGIO BRICEÑO GONZÁLEZ


Salimos a las dos de la tarde con treinta minutos de la central sur, en Tasqueña. El hombre del módulo de Pricetravel nos había dicho que podíamos elegir entre Turistar Ejecutivo o Costa Line. Pregunté por ETN sabiendo que la respuesta sería negativa: días atrás había buscado sin éxito en internet las corridas Ciudad de México-Acapulco, pero solo aparecía Acapulco-Monterrey o Guadalajara o Guanajuato. 

Era la segunda vez que me invitaban al Festival Acapulco en su Tinta. La primera no pudimos ir. Estábamos en las semanas finales de la restauración de tres retablos en la parroquia de San Francisco, en Iguala, Guerrero, en un proyecto coordinado por la restauradora Mariana Grediaga. Le envié un Inbox al poeta Jeremías Marquines para informarle de mi negativa. Nos bañábamos en el cuarto que nos asignó el padre Javier. Era en un curato con no más de diez años de antigüedad. Ahí dormíamos Mariana y yo. Era la habitación de la tele. 

Uno de los muchachos que invitamos a trabajar en realidad ayudaba en el archivo parroquial por doscientos pesos a la semana. No había agua caliente. Por las mañanas conectábamos una resistencia a uno de los enchufes del baño y la sumergíamos en una cubeta con agua hasta la mitad. El resto lo rellenábamos con agua fría, calculando con los dedos de la mano la temperatura. 

No hay nada. Dos horas de camino y nada. Solo una choza con techo de uralita. Mariana me va indicando los lugares, en el cerro, donde parece haber veredas. Estamos por llegar a la caseta de peaje de Paso Morelos. Tony, el muchacho que invitamos a trabajar, nos contó que el sacerdote había ido a entregar una bolsa con dinero para que liberaran a un padre. Tenía un mes secuestrado. El obispo completó la suma, recorrió casi todos los templos de la circunscripción en Iguala. A media cuadra de la iglesia hay una placa en la casa donde Elena Garro vivió y en la que fue escribiendo su novela "Los recuerdos del porvenir". Habla en mí Garro: "Solo soy memoria y la memoria que de mí se tenga".

Solo hay verde. Cerros encimados en otros cerros. Hace unos minutos hemos cruzado un puente sostenido con tirantes de acero. Supongo que debe ser infraestructura de la que a veces aparece en los espots televisivos, acompañada de cifras en kilómetros, en toneladas. Lo único que sé es que abajo corre un río. 

En la caseta de Paso de Morelos aparecen los letreros Iguala y Huitzuco. Se puede llegar ahí desde acá, sin pasar por Taxco. Un hombre de blanco con un logotipo en la playera se ha subido para realizar una inspección. Al final nos desea buen viaje. Somos los únicos que damos las gracias. Un tráiler que invade carril obliga al autobús a frenar de repente. Casi puedo percibir cómo el sol se vuelve ocaso. 

El 26 y el 27 de septiembre mataron en Iguala a cuatro normalistas y desaparecieron a 43. Montados en el andamio vemos cómo se acercan las señoras a rezar el rosario de las seis de la tarde. El dueño de las tiendas Comex vive en México. Desde niño asistía a misa. Quiere que le pongamos una plancha de mármol al altar dedicado al Padre Jesús. Una cofradía de por lo menos 20 hombres se ha encargado de bajarlo de su hornacina. Se le ha roto un dedo, que se le repara colocándole un perno.

Hay gente adinerada que participa en la iglesia. De la alcaldía de Iguala han colocado mesas receptoras de víveres para los damnificados del huracán Manuel que destruyó Acapulco. El DIF también patrocina un festival de heavy metal. Solemos comer en un restaurante argentino en el bajotecho de uno de los portales del jardín central. En una ocasión nos sentamos junto a una mesa en la que bebía ron un agente de la Federal. Iba uniformado. Lo acompañaban dos mujeres que no dejaban de reír. Estaba armado.

Salimos temprano a la laguna de Tuxpan. Hay comederos. Venden pescado frito, sopa de verduras, cerveza. Antes de tomar la carretera nos detiene un retén. Son policías de Iguala. Uno de ellos trata de hacerme plática. Me pregunta a dónde vamos. Mariana se ve nerviosa. El miliciano dice que hace calor y me extiende la mano. ¿Me coopera para un chesco?, dice. Saco una moneda de diez pesos. Acelero un poco y me reincorporo al pavimento. Casi dos kilómetros más adelante, cerca del crucero a Tepecoacuilco, la iglesia agustina donde Morelos ofició, pasamos entre una valla de jóvenes sin sombreros, soportando el sol. Tienen rasgos indígenas. Todos son morenos. Sostienen botes, cantan consignas. Traen el pelo a rape. Son normalistas de Ayotzinapa. Me detengo. Calculo que son entre 20 o 30. 

Hay una sucesión de cumbres y pequeños valles. Volamos sobre el Balsas. En los desgarrones del cerro se notan las capas geológicas, una sobre la otra, como la costra de un flan. Algunos cerros son romos, otros ovalados, otros parecen el pliegue de una falda, otros simulan el bulto de un pubis bajo la pantaleta. En algunos tramos hay escombro de derrumbes amontonados junto a la carretera. Los cortes del cerro están protegidos por malla de acero. Abajo hay caminos desde hace mucho invadidos de maleza. Hay un retorno a México a 500 metros. Enseguida un letrero que dice Chilpancingo. Es del mismo verde que el de los cerros. Vemos una cabañita de paja devorada por la milpa. No hay veredas. Solo se podría llegar a caballo o en mula a esa casita de techo rosa. 

El vigilante de la parroquia de San Francisco me ha dicho que los Rojos son el cártel que controla Iguala. Es de los Caro Quintero, dice. Lo comanda una señora, dice. Pienso en la liberación de Rafael Caro Quintero recién empezado el actual sexenio. Me advierte que pueden llegar los de Guerreros Unidos y pedirme una cuota. ¿Una cuota?, me sorprendo. Sí, dice, te preguntan cuánto ganas y de ahí te exigen el cincuenta por ciento. 

Esa noche escucho el estéreo de una camioneta y los guacos de lo que parecen dos mujeres, o más. Me asomo por la ventana del curato. Es una camioneta blanca, Denali. Permanece aparcada en la acera del templo, a un costado del jardín donde la titular del DIF daría su segundo informe de labores. Al día siguiente visitamos el museo de la bandera. En una de las vitrinas está la que ondearon los seguidores de Hidalgo que intentaron cobrar venganza de quienes ordenaron su decapitación. Es una calavera. Se parece a la Totenkopf de las SS Waffen alemanas. Un cráneo y dos huesos. 

Ha empezado a llover. El vigilante se ha ofrecido llevarme con amigos suyos que pueden venderme una pistola en dos mil pesos. Salida a Iguala, me dice Mariana. La lluvia escurre sobre el parabrisas como un llanto numeroso. En Chilpancingo pasamos frente al Instituto Universitario de Ciencias Policiales. Eso creo haber leído. Mercado Col del PRI, dice más adelante, en un galerón de lámina. Hay un Museo de la Avispa, me dice Mariana. En el autobús un hombre viene hablando en voz alta por el celular. Le da instrucciones a alguien. Alza el tono, luego casi gruñe. Laboratorio de Estudios Criminalísticos. SNTE 14. Rebasamos una tanqueta de la Gendarmería a la salida de Chilpo, así es como le dicen los igualtecos a Chilpancingo. 

Hay un Duxy junto a un letrero de Tecate. Es la caseta de Palo Blanco. Fotocopias tamaño carta de las fotografías de los 43 normalistas desaparecidos están pegadas en los vidrios. Es como si sus cabezas estuviesen colgadas en los cristales. Un tzompantli, pienso. Se hace la noche mientras cruzamos un túnel. Cincuenta metros a lo mucho. No más de diez segundos de casi absoluta oscuridad. Se escucha un relámpago. Los gusanos del maguey solo brotan cuando llueve con rayos. Otra noche momentánea. Más de diez segundos. Luces de sodio. Máquinas de Caterpillar al salir del túnel. Se escucha el bip de la alarma de velocidad. 

Cerca de El Ocotito una fábrica de ambulancias y patrullas. Da la impresión de que es hondo el río Papagayo aunque solo alcanzo a verlo un instante. Es como una bestia que acaba de cazar. El sol se muere en un halo plateado. La gente siembra maíz en las laderas aunque estén inclinadas 45 grados. Las flechas negras sobre amarillo en las medianeras del asfalto recuerdan al PRD. Nueva izquierda, los Chuchos, la foto de la presidenta del DIF con una parturienta de hospital o con los niños de un albergue. Desarrollo Integral de la Familia. 

Vacas bajo la lluvia. La señora que camina por la cuneta con un bulto en la nuca nació en el mismo país que yo. ¿Debo llamarla hermana, compatriota, paisana, madre? La luz del sol ya casi es amarilla. Puede tocarse cuando se posa como un pájaro en las copas de los árboles. Mariana se ha dormido. Algo cierra mis ojos. Sueño. Vibradores, dice antes de llegar a Acapulco. El trémolo de las llantas me despierta. Acaban de detener al Molón, hermano de María de los Ángeles Pineda Villa, la presidenta del DIF de Iguala. Es líder de Guerreros Unidos. Veo el rostro de la señora junto a su esposo José Luis Abarca. Son los mismos que acudieron ayer a misa de seis. Depositaron monedas en el cepo. Se santiguaron. 

Leo en el Centro Cultural Acapulco un fragmento de mi poema Trapo, sobre el descuartizamiento con hacha de tres mujeres y la cocaína que se vende en
bolsitas donde los relojeros guardan pernos y engranes con los que medimos las horas y los días. Trapo habla del asesinato de Silverio Cavazos y del incendio de un templo. Habla de muchas otras cosas. 

Coppel, Elektra, Oxxo, Farmacias del Ahorro, Bodega Aurrerá. Lubricación, afinaciones. Mausoleos neoclásicos, criptas triangulares. La tripa del cerro mide un par de kilómetros. La llaman Maxitúnel. Costera Miguel Alemán. Tiene color molienda, una palidez de catalina. Otra vez la caseta de Palo Blanco. Los que acudimos al encuentro de escritores llamamos cobardes a los invitados que cancelaron. Sube al bus una pareja de encapuchados. Piden aportaciones para sus compañeros caídos de Ayotzi. Les doy trece pesos. Al otro día queman palacio de gobierno en Chilpo. Quizá esos trece pesos sirvieron para comprar un litro de gasolina.

martes, 16 de septiembre de 2014

Carlos Ramírez sobre Insurgencia

La versión política de Insurgencia

 

Carlos Ramírez Vuelvas

 

Aún dentro de la versátil obra poética de Sergio Briceño González sorprende su reciente poemario publicado, Insurgencia, que el año pasado ganó el Premio Internacional Jaime Sabines. El asombro deviene porque la obra de Sergio, en su afán por encontrar un modo de expresión personal, ha recorrido varios caminos, tanto formales como temáticos, que no siempre coinciden con las páginas de Insurgencia, donde el concepto de la libertad es explorado desde diversos ángulos: como problema histórico, como posición personal, como construcción mítica o como alusión de poder y gobierno.

Briceño González había mostrado un profundo conocimiento de la tradición poética en su primer libroCorazón de agua negra, que en su momento lo hizo acreedor del Premio Estatal de Poesía, en Colima. Cuando digo tradición poética, me refiero a un serie de autores que, dentro del universo de la poesía, prefieren el trabajo en las imágenes y las atmósferas, incluso antes que las emociones.

Pero este reproche fue resuelto con fortuna en su siguiente poemario Catorce fuerzas (merecedor de otro premio estatal de poesía) donde un profundo lirismo avocado a la interpretación mítica de los árboles (otro de los temas de la tradición mítica de la poesía), demostró que la poesía de Sergio, además de poseer una flexibilidad en la construcción de imágenes y atmósferas, podía potenciarse con sangre y corazón.

Sin abandonar por completo su filiación original, Sergio volvió por sus fueros y profundizó en eserumbo. Encontró en el barroco lo que los críticos llaman un filón para su poesía. Entonces surgióSaetas, su versión personal del oxímoron, el epíteto y el hipérbaton, para traer a los fines del siglo XX, la mitología poética que la Edad Media había hecho suya  con la traducción de los clásicos griegos y latinos.

Poco después, otro doble llamado lírico Trance yElla es Dios, que de algún modo anticipan el libro deInsurgencia, porque ante el riesgo del retoricismo yaensayado por la modernidad, prefirió aligerar las viejas construcciones gramaticales para ensayar un lenguaje más llano y, por ende, una retórica menos rebuscada. Aunque también, en ello, como el poeta sabe, hay una retórica implícita.

Esta revisión panorámica de la obra de Sergio nos permite plantear algunos elementos para interpretar con más profusión esta poética, decía al principio, en apariencia novedosa en la trayectoria de nuestro poeta. Pero si Briceño González había seguido con detalle las poéticas barrocas y simbólicas, pareciera apostar por la inusitada genuflexión moderna que, al criticar la construcción de los discursos, propone esa ruta retórica alejada del alambique. Como dio cuenta Antonio Machada en varios versos, pero que en el siguiente terceto nos revela la lección aprendida por Sergio: “Verso libre, verso libre,/ líbrate mejor del versocuando te esclavice.

Paradójicamente, en Insurgencia a la sencillez retórica también devino un interés mayor por temas sociales, lo que es una verdadera novedad en la obra de Sergio, que ya había explorado, tímidamente, en algunos experimentos teatrales o, de manera más clara, en su labor periodística. Para no recurrir a la diatriba pobremente panfletaria, Briceño Gonzálezexamina la política como sistema para conocer una parte del ser humano, una parte que tiene que ver con el uso del poder y del dominio y que (para ahondar en las recurrencias de Sergio Briceño) se vincula con el erotismo: el placer del control del sujeto aludido y el placer por controlar los deseos del sujeto que alude.

Una clasificación muy general sobre la presencia de temas políticos en Insurgencia, podría presentarse en tres momentos. Primero, en aquellos poemas donde se alude a la iconografía cultural del país; luego, la presentación de los espacios sociales que se construyeron con base en esta mitología (los parques, las escuelas, las calles, las colonias); y finalmente, la posición personal (que en términos políticos, se llamaría ética) sobre la independencia.  

En ese orden, en Insurgencia aparece un Miguel Hidalgo lujurioso de independencia y de sexo, dice el poeta: “Es hombre// Tiene sed de mujer/ y no apetito// Hambre de independencia”; una alcaldesa a la que le place mirarse frente al espejo mientras canta: “Al día siguiente/ todas las ventanas/ mostraban la evidencia// agrietadas/ lo mismo/ que el espejo// donde quiso/ desnuda/ reflejarse// la señora alcaldesa”; y una horda de políticos voraces que hacen sus tabasqueñadasdurante el llamado Año de Hidalgo por la jerigonza política. El dominante, luego de saciar sus deseos, dice el poeta se despide con una postal del desastre: “Sólo dejaron/ un desarmador/ una llanta ponchada/ el sillón principal con un resorte fuera// Y el sueño de los otros// Más débil cada vez// Más frágil.”

A las alusiones vedadas a la fría iconografía patria, el poeta contrasta con sus versiones personales, la mayoría de ellas aprendidas durante la infancia, sobre la mitología nacional que, expuesta de ese modo, se confunden con la biografías de los sujetos, como su acepción de Parque Hidalgo: “Ahí/ donde los novios/ intercambiaron frutos// Ahí/ donde de niño/ supe/ que Hidalgo/ era el nombre/ de este parque.”

Un último salto al vacío colgado de la soga del campanario, la versión personal de la insurgencia: “¿Cuándo tocarás/ la campana/ de tus pasiones y glorias/ de tus delirios y abismos?// ¿Cuándo vendrá/ el tiempo/ de armar la artillería/ y emboscar/ al enemigo?// ¿O eres tú mismo/ tu adversario?” Desde luego, se trata de los poemas más personales, donde el poeta trata de encarnar el concepto al que ha aludido a lo largo del poemario. Desesperado, agazapado, espera el momento de lanzar su grito de insurgencia y mira, sobre el mar de incertidumbre la sentencia de Pessoa: navegar es necesario.

Con Insurgencia, aún podemos reprocharle a Sergio Briceño otros asuntos literarios, otras pasiones necesarias y otros límites personales. Somos seres humanos y nuestro segundo nombre el escarnio. El poeta, en el fondo de su corazón, sabe que para ello está dispuesto. Pero supongo que el poeta sabe que tampoco habría de esperar ninguna otra fortuna, más allá de las pepitas de oro de sus palabras que guarda bajo su lengua, como una lluvia de estrellas sobre el cielo (a veces nublado, a veces límpido) de los días que pasan. Por ello, muchas gracias, Sergio Briceño.    

martes, 12 de agosto de 2014

EL SÍNDROME HERBORT

Es tan cómodo saber —gracias al más reciente número de Letras Libres—que la actual narrativa en México, según los señores Antonio Ortuño y Julián Herbert, novelista el primero, poeta el segundo, se reduce a nueve ponencias en El Paso sobre la obra herbertiana y una anécdota del vasco Aguirre citada por Ortuño como máxima agambeniana, que no encuentro si matricularme en la primera universidad gringa que encuentre (para ver cuántas ponencias hago o me hacen) o convertirme en hincha de alguna escuadra para acceder a la sabiduría literaria de un medio volante. Para ellos, Herbert-Ortuño, no existen Ignacio Padilla ni, por ejemplo, Pedro Ángel Palou, pero en cambio mencionan a David Miklos (acordémonos que siempre es chic citar por lo menos un autor húngaro, porque nos hace ver inteligentes) y hasta aseguran que hay algunos buenos prosistas que la hacen al estilo Ibargüengoitia (¿podríamos decir entonces que son ibargüengoitianos?), aunque todo sea producto del branding (no confundir con brandying, pero digamos salud) y de esa terrible segmentación del lenguaje en que se encuentran los mexicanos, mismos que o hablan bien (cultones) o se dedican a rapear (no-cultones). Esto nos lleva a imaginar a un chilango hablando exclusivamente palabras no groseras y en caso de incurrir en falta lo hará nasalizando al máximo las vocales, para que no se pierda el símbolo de estatus (alto) al que pertenece. Qué bueno, además, que Ortuño recibe influencias de Pixies y no de otros escritores (o de Bauhaus) que ni a realistas llegan y de los que por lo pronto se siente alejado. La frescura con que late la ignorancia de ambos es tan palpable que levanta el bisoñé. Para ellos nunca hubo Guillermo Fadanelli ni Mario González Suárez ni Pablo Soler Frost. Y es que si no existió ese más allá, tampoco hay un más acá en donde puedan deambular fantasmas como Valeria Luiselli o Brenda Lozano. La “conversación” sobre narrativa mexicana no llega ni a selfie de banqueta a banqueta. No salen de Salvador Elizondo y Herbert nos recuerda que él leyó un chingo a Carlos Fuentes solo para concluir que es malo. Donde de plano ya me empecé a reír un buen fue cuando dice Ortuño que “Muerte súbita” de Álvaro Enrigue, “es inclasificable”. ¡No, bueno! Pensé que se trataba de literatura y que por eso le habían dado el premio Anagrama. ¿Solo de guitarra de 300 páginas, como lo llama Ortuño? ¿No será que es solo una investigación detallada y minuciosa, profesional, entretenida, sobre el origen del tenis? ¿Tanto trabajo les costará a ambos hacer una novela más o menos oxigenada? Y vaya que leí Canción de tumba (confieso que las últimas páginas las recorrí con doble dosis de caramel machiatto) y Recursos humanos. Por eso mismo digo lo que digo. Si iban a “conversar” sobre narrativa mexicana actual, mejor hubieran hablado de futbol, que se les da muy bien. Para Ortuño-Herbert no existen Tryno Maldonado ni Daniela Tarazona ni Edson Lechuga ni Bernardo Esquinca ni BEF. Todo se reduce a las lecturas de autores ingleses de Ortuño y al farolazo sobre Jesús Gardea de Herbert, que tendría necesariamente que ser un autor menor si lo confrontamos con un Tario o con una Arredondo (o con el autor mexicano que usted quiera y haya leído en la secundaria o la prepa o la facultad, incluyendo a Spota o Yáñez o Rulfo). No deja de preocuparme si en la enumeración de Ortuño, donde dice Herrera, debo entender que se refiere al Piojo Herrera y no a Yuri Herrera. Podríamos incluso decir que en lengua pambolera la escuadra de narradores españoles, esos que son los responsables de la crisis de las editoriales ibéricas (nunca he conocido peor crisis que esta, en la que cada año publican más autores), como Andrés Barba, Pablo Gutiérrez o Sònia Hernández, están siendo goleados por la oncena mexicana solo porque acá padecemos el branding (no confundir con brandying, pero salud.) Todos ellos ¿serán parte de esa crisis? ¿También Elvira Navarro y Alberto Olmos? Sí me gustaría estar en medio de una de esas crisis, aunque sea un ratito. Alguien me sugería que a esto le pusiera el título de Síndrome Herbort (dícese de aquellas personas que opinan de un tema solo para autoelogiarse o que se aprovechan del mismo tema para promoverse, incluyéndose en las enumeraciones y/o alusiones, pero sin agregar mayor cosa a sus obesos palmarés). Y claro, reclámenme porque hago crítica y apenas voy empezando.

miércoles, 2 de julio de 2014

"Cuaderno Ideal", de Brenda Lozano/ SERGIO BRICEÑO GONZÁLEZ



La realidad se divide en segmentos y hay que llegar a ella mediante parábolas o leves interludios donde el peso de la imagen equilibre el sentido. Un escritor enfermo suele ser un buen escritor, bromeaba Walser. Pero también los sueños, esa otra forma de la realidad, amenazan la estabilidad y la cordura en el momento del desgarro: las despedidas, la distancia, la añoranza y la vocación de órdago.

El comportamiento de una novela como "Cuaderno Ideal" de Brenda Lozano, debido a las habilidades de su autora, podría comprometer el ritmo basculante de la no ficción hasta inclinar la balanza hacia el territorio de lo súbito. En los detalles está la literatura y allá hay que ir a buscarla. Peter Altenberg, el escritor vienés tan admirado por Kafka y quien le inspiró "El artista del hambre", pregonaba su desasimiento de cualquier escuela filosófica, vendía pequeños textos en las cafeterías y estaba convencido de que los días siempre nos revelan sorpresas insospechadas. Era un flaneur que supo captar el Zeitgeist de su época tal y como ahora lo hace Lozano.

Mediante un cuaderno cuyos renglones podrían ser las olas del mar, la protagonista teje y desteje esos segmentos delirantes de un presente discontinuo que coquetea a través de disolvencias con un pasado cuyos rondines abarcan, incluso, los predios que el futuro frecuenta. "La belleza es la armonía entre el azar y el bien", escribió Simone Weil, retocando esa condición impredecible en que flota cualquier buena literatura.

En lugar de ser una sucesión de textos "Cuaderno Ideal" es una serie de burbujas por cuyos arcoíris se filtra a contraluz la furiosa realidad solo en un par de ocasiones, no más: las inferencias a los muertos dejados por el calderonato. Otra plomada en el curricán que trata de envolver la irrealidad, esa metaxu weiliana, es la afición de la protagonista por las canciones de Shakira.

Patricia Highsmith en alguno de sus cuentos ficcionaliza a tal punto la realidad que hace a una madre inventarle esposa y éxito económico a su hijo hasta que un terremoto lo mata. Este exceso, atenuado por nuestra ignorancia sobre la variedad de tejido que ejecuta la Penélope de Lozano, puede explicarnos el potencial mutante de sus personajes, a quienes por metonimia equipara a los que deambulan por Las Metamorfosis de Ovido. 

Carolina Sanín o Mercedes Álvarez, lo mismo que Lucía Puenzo o Valeria Luiselli, han rediseñado, como en el cuadro de "Naturaleza muerta resucitando", con sus limas y manzanas en órbita de Remedios Varo (pensemos por ejemplo en los fragmentos de "Controller of the universe", de Damian Ortega, suspendidos con hilos o los cuentos de Lídia Jorge), una realidad cada vez más desmembrable y menos ajena a las acciones humanas. Por eso en todas ellas los objetos se dinamizan buscando hablar, aunque no a la manera de Robbe-Grillet sino en un formato tamizado por la reacción que producen el sueño y la vigilia al colisionar sin aviso.

Brenda Lozano sugiere la participación del soporte textual como último y primer paso para alcanzar una ficción fresca y sin fronteras visibles. Por eso los cuadernos Ideal parten en dos la idea que el lector tiene de lo que está leyendo. El tropo semántico queda más claro: la idealidad no va más allá del cuaderno, pero como estamos hablando de literatura, entonces esa idealidad contamina o purifica a los participantes de la novela.

"Cuaderno Ideal" no es menos que una parábola de la búsqueda de elementos de fuga o de personajes que, como en "El entierro del conde de Orgaz", de El Greco, se están quemando alegremente, conscientes de que su propio incendio le da sentido y convierte en obra de arte el cuadro. O el tejido que compone el texto sobre una superficie idónea: la literatura directa.

martes, 4 de marzo de 2014

'Memorial del engaño', de Jorge Volpi / SERGIO BRICEÑO GONZÁLEZ


Tal vez debí escribir J Volpi en el título de esta entrada, pero me decanté por el antiguo nombre de este novelista mexicano que ahora nos adentra en el mundo espejeante de la burbuja inmobiliaria de hace unos años, en cuya corriente fueron arrastrados sueños y delirios, risas y esperanzas, pero que sirve a la vez como arte motriz para encontrarnos con una hidra de tantas personalidades como voces es posible identificar en el fondo de una obra de esta naturaleza.

Octavio Paz alguna vez le escribió al poeta británico Charles Tomlinson que el peor invento del ser humano después del  neolítico es sin duda el Estado. Y esta parece ser la cuerda que anima las páginas que un Volpi imaginario escribe como si se tratara de una confesión transmutada en reseña, pero envuelta en el mañoso disfraz de la crónica o de la biografía. ¿Y no es todo eso y más una novela? 

Fundador de JV Capital Management, el histrión periférico de 'Memorial del engaño' nos conduce a lo largo de los laberintos que desembocaron en la instauración del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. Harry Dexter White enfrentándose a John Maynard Keynes y ambos estupefactos por aquello que nunca les tocaría ver: el nacimiento de las grandes especuladoras que, junto a Merryl Lynch, JP Morgan o Lehmann Brothers, hundieron al mundo a base de créditos tóxicos que llevaron a la bancarrota a millones de personas hace casi 10 años.

Huidizo y procaz, Volpi arma un juguete gigantesco que lo mismo transita por el universo despótico de las mentes especuladoras que por el microcosmos de la ópera: lo suyo es financiar grandes producciones, de la misma manera en que lo hace, por ejemplo, Tibor Rudas. A la vez, busca saber por qué murió su padre. ¿El narrador es el mismo personaje central o viceversa? No importa. Lo relevante es que estamos ante una sucesión de fraudes.

Hay un traductor ficticio de la novela, pero también un autor falso y hasta una serie de fotografías dudosas. En esa superficie inestable se va moviendo el coro de personajes hasta alcanzar el nivel de una ópera, con todo y arias, cabalettas e intérpretes, dentro de los cuales Volpi infiltra a dos mezzos: Padilla y Urroz, apellidos que coinciden con los narradores mexicanos llamados Ignacio y Eloy, en ese orden.

El mismo Volpi volátil del principio, confesando a su madre sobre la desaparición de su esposo, es el que cínicamente se acuesta con Leah y con Vikram, una historiadora y un mercenario del álgebra financiera. Esto nos demostrará que incluso entre las frías planas llenas de cifras, puede brotar algo que podría llamarse pasión.

Enfrentamos así un doble escenario: el del Volpi que cuenta cómo se quedó con 15 mil millones de dólares y el del Volpi narrándonos los hechos que protagonizó su padre, un presunto espía comunista que llegaría a infiltrarse, incluso, en la camarilla del Tesoro de Estados Unidos que gestó el nacimiento del Fondo Monetario Internacional.

Una novela que recuerda los 'jorges' de 'A pesar del oscuro silencio', obra con la que Volpi se dio a conocer y en la que aparecen el Jorge narrador y el Jorge Cuesta que motiva el tejido narrativo cuyo desenlace es la emasculación, por propia mano, del poeta. Juego de espejos y superficies reflejantes donde todo desemboca en uno mismo, que en realidad es el otro. Por eso atraviesan 'Memorial del engaño' los versos de Baudelaire: Tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano.

jueves, 14 de noviembre de 2013

'Noviembre', de Sergio Briceño

Se aproxima noviembre

con sus manos rugosas



Confina a las ancianas

en bodegas y baños



Crispa la piel



Se mete entre las sábanas

buscando congelar





Veo su cabeza pálida

más allá del tejado



Induce a la fricción

o al desamparo




Desciende vaporoso

en las casuchas

y cimbra las ventanas



Se estrechan las horas en noviembre



Se fecunda a las hembras



Se acumulan vituallas



Se bebe más



Por estas fechas

las noches sobre un témpano



Se corrigen 

las vestiduras

femeninas

y el mar se vuelve cálido


En el agua hay pereza

focos de calor en los regazos



El aire se hace denso

y parece quebrarse



Los árboles se enroscan



Busca la cobija

de un aliento amoroso



Coloca más cortinas



Por este mes

se conoce la muerte

su primera señal



Cesa el cariño

aumenta la pasión



Festones invisibles

ocultan las auroras



Cala pensar



Los insectos se adentran

en la tierra

y un polvo helado anida en la nariz



Los gatos buscan mimbre



Los muchachos más carne



Brota de los sepulcros

un aroma de incienso

y la manada humana

se pierde en madrigueras



Noviembre brilla en las pirámides



Empaña los cristales


Zurce el telón oscuro

de la Melancolía.









miércoles, 11 de septiembre de 2013

Embalonarte, por Sergio Briceño


Si la Secretaría de Cultura de Colima y el Bureau Internacional de Capitales Culturales han propuesto que la final del Mundial México 1986 sea considerada Patrimonio Deportivo Histórico de la Humanidad, no veo por qué el charangay no pueda aspirar a un título semejante, aprovechando que la ciudad de las palmeras ha sido declarada centro mundial cultural.



No se piense que la propuesta que aquí endoso nace de la nada. Se trata, en el caso del charangay, de un bonito deporte en vías se extinción, de modo que las instituciones citadas podrían aprovechar para invitar al World Monument Fund para que preserve y proteja una escultura que si bien no ha sido realizada por alguno de nuestros artistas contemporáneos, sí podría suscitar un atractivo concurso cuyo premio consistiría en obsequiarle al ganador una camiseta de la selección argentina firmada por Burruchaga, uno de los encargados de anotar en el marco de la oncena alemana, en aquel año.



Además, podría haber segundos y terceros lugares para los autores de las otras esculturas, con los autógrafos de Valdano y Brown. Se podría implementar un certamen de tangos y hasta sortear cenas dobles para el Quilmes o El Diez, con una botella de bonarda cultivada en Mendoza.



Y es que aunque le cueste trabajo creerlo, una nota informativa de Roberto Quintanar consigna que, en efecto, 'el gobierno de Colima y Bureau Internacional de Capitales Culturales han propuesto al partido (de la final mundialista entre Argentina y Alemania en 1986) como Patrimonio Deportivo Histórico de la Humanidad'.



Lo anterior obedece a que ambas instancias andan 'buscando resaltar los valores deportivos en la sociedad'. Como si no tuviéramos programas televisivos y radiofónicos de fut, revistas y secciones periodísticas de fut, trivias de fut, el gol por la educación, los madrazos a la salida del Azteca, la depresión nacional cada que pierde la selección, los partidos que transmite los fines de semana Televisa pero también TV Azteca, las camisetas que venden en el tianguis con el escudo del equipo favorito, la ola, la Chiquitibum y las entrevistas que los delanteros de cualquier escuadra contestan con monosílabos. ¿A eso habrá que agregarle un partido de futbol como patrimonio de la humanidad? Parece que sí, porque no se trata de una consulta o de un plebiscito sino de la decisión de la Secretaría de Cultura de Colima y del Bureau Internacional de Capitales Culturales.



Lo anterior sirve, además, para impulsar otros dos duelos que nos ayudarán a entender que el futbol, más que el charangay, es cultura y, por ello mismo, susceptible de convertirse en patrimonio de la humanidad lo mismo que el seno enseñado por Madonna en uno de los Premios MTV o al igual que Roberto Gómez Bolaños cuando declaró que siempre estuvo enamorado de doña Florinda.



Así, una vez que el partido en cuestión ya sea patrimonial, Colima también apoyará que se consideren como tales 'la semifinal de México 1970, que Alemania Federal disputó con Italia, y la final de la Copa Confederaciones 1999, donde México dio cuenta de Brasil por 4-3'.



Y es que 'la final del Mundial México 1986 representó la consolidación del argentino Diego Armando Maradona como uno de los mejores jugadores de la historia', pero no solo jugador de balompié sino incluso de esa sustancia por cuyo consumo tuvo que pasar varias temporadas en centros de rehabilitación contra adicciones.



Todos podemos participar en esta tentativa, incluso los que le van al Atlas, aunque gane, porque resulta que 'los partidos, que todavía pueden ser propuestos al tratar de reunir diez candidatos, deben reunir (sic) las siguientes características: trascendencia, gran impacto mediático, aportar valores éticos y solidarios y ser incluyentes'. Por lo que quedan descartados los americanistas, chivistas y cruzazulistas, considerados entre los más rijosos y de los que menos aguantan las derrotas.



Propongo que también se incluya en la lista, del mundial de 1986, el partido de La Mano de Dios, entre Inglaterra y Argentina, lo que nos servirá para entender por qué los argentinos salen a la calle cuando hay relámpagos. Y de pasada conoceríamos 'La creación de Adán', de Miguel Ángel.

Por cierto, nadamás falta que en la Secretaría de Cultura de Colima hagan un programa radiofónico que se llame 'Embalonarte', donde se conjuguen el soccer y el arte, claro está.